jueves, 26 de abril de 2012

Semilleros "súper fashion"

Mis pequeñas macetas de diseño

─Ay, nena, mira que eres cutre. ¿A quién se le ocurre trasplantar esas matitas que han nacido en tu semillero a vasos de plástico?
─¡Pero Fifí, si me he vuelto loca buscando macetas pequeñas y no las he encontrado! Bueno, sí, pero con un precio desorbitado.
─Eres muy hortera, la verdad. Vamos, que solo a ti se te ocurre utilizar esa mierdecilla de vasos de los chinos.
Fifí, después de ofenderme con sus palabras (sí, esta vez lo había conseguido), se marchó a la inauguración de la tienda de lazos, sombreros y complementos para el pelo de su amiga Cloti, "la tienda más "in" de todo Madrid", según me dijo con su voz chillona.
Molesta por sus ofensas a mis plantas, decidí darles un toque de glamour y diseñé unos carteles para indicar qué había en cada vasito y en los maceteros recién comprados.
Fifí apareció al día siguiente, observó mis nuevos diseños y percibí un leve tic nervioso en su cuello.
─Nena, me has sorprendido. ¿Quién te ha hecho los carteles?
─Yo solita, querida.
─Pues te han quedado súper fashion, pero no sé qué es eso de @Huerta_caotica y el nombre de abajo, http://mijardinmihuertoyotrasplantas.blogspot.com.es/
─La dirección del vivero de un amigo de Franklin Garden.
─¿Y te pagan por poner ahí la publicidad?
─No.
─Siempre tan tonta...
Ay, Fifí, si supieras que @Huerta_caotica es mi dirección de twitter y que debajo está el enlace al blog en el que relato mis avances hortícolas y nuestra amistad, me matarías... ¡Pero como tú eres tan lista no te has dado cuenta!

El calabacín con su cartel


Mi cultivo de caléndulas


domingo, 22 de abril de 2012

Del semillero a la maceta

Es hora de trasplantar el perejil

Silencio. Adoro el silencio absoluto, sin música, sin tele de fondo, sin radio... Silencio roto por la naturaleza. El domingo exprimí mis horas de soledad y aproveché para cuidar mi jardín y relajar mi alma. Los semilleros, rebosantes de brotes solicitaban mi ayuda. Guantes, tierra, maceteros... Un no parar y mucha felicidad. 

Los calabacines, los reyes de mi huerto

Los semilleros en ebullición. Al fondo, perejil. Delante, caléndulas



viernes, 20 de abril de 2012

Vida secreta de una amistad. 20 de abril

El restaurante de nuestras confidencias


20 de abril. El portazo de un coche me pone en alerta. Ha llegado. Llama sin fuerza, entra con el rímel corrido tras retirarse las lágrimas y se sienta frente a mí.
20 de abril, la fecha que Fifí no puede borrar de su corazón y le recuerda cada año Celtas Cortos.
Agarro su mano para transmitirle un poco de mi fuerza. Ella no puede ni hablar. Hace años un día como hoy Fifí perdió lo más importante de su vida y la inocencia se esfumó de su ser.
Aquella mañana su primer marido desató sobre su cuerpo toda la ira y la maldad que su belleza ocultaba. Fifí fue su saco de boxeo y sufrió los envites de sus puñetazos, sus patadas y la cobardía de aquel hombre miserable.
La encontré desmayada sobre la alfombra beige de su salón, su sangre se esparcía sin control, los ojos estaban desorbitados. Llamé al 112, la tomé entre mis brazos, la abracé y lloré de desesperación, de impotencia, de dolor...
La ambulancia la trasladó hasta el hospital. Los sanitarios me interrogaron para saber qué había ocurrido. Fifí me había llamado, con un hilo de voz me pidió ayuda y supe que él la había maltratado, el muy cabrón. El dolor de Fifí fue mayor al día siguiente cuando le informaron que había perdido el bebé que esperaba y ya no podría tener más hijos.
─Ayúdame, no quiero que nadie sepa lo que me ha ocurrido ─me suplicó con su cara desfigurada nada más recobrar el conocimiento.
─Debes denunciarle.
─No, no puedo.
Pese a mis intentos, Fifí se negó. En unas horas organicé nuestra huida hacia adelante. Durante un mes nos encerramos en mi casa de la playa hasta que se curaron sus heridas externas.
Un día cambió, se volvió la Fifí que todos conocéis: histérica, pija, glamurosa, siliconada y obsesionada por su físico. Pero en lo más recóndito de ella está su corazón, su belleza, su dolor.
Nunca más hablamos del tema. Solo nos reservamos un día, el 20 de abril.
Este año Fifí me ha querido mimar invitándome a un restaurante plagado de flores y un tratamiento de peeling facial. Un día de amigas que ocultan un secreto.
─Temo que algún día vuelva a aparecer.
─No sufras, Fifí, no lo hará.
Ella nunca lo sabrá, pero mi afición a los libros policíacos, mis deseos de venganza, mi defensa por una amiga y, cómo no, el dinero pueden solucionar muchas cosas. Pero ese es mi secreto y jamás lo revelaré.

miércoles, 11 de abril de 2012

Arturo y su calabacín

Mis calabacines, viento en popa a toda vela

─¡Nena, me ha dicho tu marido que vais a organizar una súper fiesta en casa para recibir al nuevo jefe del bufete! ¡Cuenta conmigo! Ay, ya estoy pensando qué modelo ponerme, he visto un vestido en un escaparate de Serrano que es ideal...
Fifí siguió con su monólogo más de media hora. No me apetecía ni escucharla, ni la fiesta en casa, pero hay veces en que debo "cumplir" con la faceta de amiga y esposa perfecta. Hoy era uno de esos fatídicos días.
La noche se me antojaba insoportable. Fifí estaba loca de emoción porque iban a acudir varios clientes "famosillos" del papel couché y no podía controlar sus ansias de codearse con ellos. 
─Eres una aburrida, nena, podías estar más contenta. ¡Me han dicho que tal vez venga la Lomana, mi ídolo!
─Fifí, esa gente es igual que nosotras. No sé por qué te producen admiración.
─Rancia, que eres una rancia.
A las nueve y media los invitados llegaron e invadieron mi espacio. Tras los saludos, sonrisas falsas y conversaciones absurdas, me escapé un momento al jardín. Mis lechugas no tenían buena cara y esa era mi mayor preocupación.
─Tienes un jardín precioso.
Sentado en el balancín estaba Arturo, el nuevo jefe del bufete, un hombre callado que no se prodigaba en elogios.
─Gracias, es mi gran afición.
─También la mía, aunque a mí me gustan más los bonsais.
─Yo soy muy impaciente y no soporto esperar tanto tiempo para ver nacer una hoja. 
─¿Qué son esos brotes?
─Es mi plantación de lechugas. Estoy sufriendo mucho. Trasplanté algunas de los semilleros y han perecido, aún tengo que experimentar más... ¡Pero mira qué bonitos están los calabacines!
─Es impresionante, ¿hace cuánto que los plantaste?
Sin darnos cuenta las horas pasaron entre esquejes, bonsais, pimientos de padrón, caléndulas... El bullicio del interior se fue apagando.
─Parece que la fiesta está terminando. Te felicito, has sido una fantástica anfitriona y hacía mucho que no me lo pasaba tan bien.
─¿No pensarás irte sin un plantón de calabacín?
─¿Me regalas uno? ¡Me haría mucha ilusión!
─Te lo doy con una condición: deberás mandarme fotos por mail para ver su evolución.
─Cuenta con ello, y si quieres un día nos vamos al botánico.
─Me parece perfecto.
Al irse con la pequeña maceta en sus manos, mi marido me miró con cara descompuesta.
─¿Qué hace Arturo con una de tus lechugas?
─Es un calabacín y se lo he regalado.
─Ay, va a pensar que estás más loca de lo normal.
─Te equivocas, está encantado, a él también le gusta la horticultura. ¿Dónde está Fifí?
─Dormida en el sofá, me parece que tanto roce con los famosos y tantos vodkas le han pasado factura. 

martes, 10 de abril de 2012

¡Qué pena más verde!


Por impaciente y desalmada, debo confesar entre lágrimas que las lechugas que trasplanté a los vasos de chupitos (¿será por el alcohol?) han perecido. Ahora las dudas me machacan: ¿las habré trasplantado antes de tiempo?, ¿habrán sufrido una insolación?, ¿habrán fallecido por notar mi ausencia durante estos días?, ¿y si hubiera esperado a que tuvieran cuatro hojas como he leído en varios foros? Ay, qué mal me siento, y encima Franklin Garden, el único hombre que me entiende, se ha ido un mes a su país... No sé sobre qué hombro llorar mis verdes penas...

¡A Dios pongo por testigo que no dejaré que el resto de mis lechugas fallezcan!, he gritado esta tarde desesperada al estilo Vivien Leigh en "Lo que el viento se llevó! (O eso voy a intentar)



martes, 3 de abril de 2012

Locura de semilleros


Lechugas y calabacines en los semilleros

Mi negativa a ir esta Semana Santa a Sancti Petri ha desencadenado una crisis con Fifí. Nadie me entiende, pero hacía tiempo que no vivía unos momentos tan felices. Ver cómo mis plantas van creciendo y cómo agarran a los semilleros me llena de orgullo y satisfacción, que diría el rey. Estoy loca de emoción, no pienso en otra cosa y no voy a abandonar mis semilleros por ir a lucir palmito a la costa. Además las dudas hortícolas me corroen: ¿qué hago con las lechugas?, ¿elimino algún brote para que sobreviva alguna?, ¿mantengo todas para más tarde trasplantarlas?, ¿por qué tardan tanto en brotar los pimientos de padrón?, ¿picarán?. ¡Y temo que el perejil y las caléndulas me invadan! Por Dios, que me voy a arruinar en maceteros.
Al final Fifí va a tener razón y mi faceta de "horticultora de iniciación" va a ser más cara que comprarme un bolso de Prada... Si supiera que lo material no aporta la emoción de lo natural. Pero esta afirmación Fifí jamás la entenderá.

La invasíón de las caléndulas y el perejil

El pimiento de padrón me hace sufrir
  



miércoles, 28 de marzo de 2012

Lágrimas de calabacín


─¿Por qué lloras?
─Porque acaba de brotar el calabacín y sueño con la crema, el zarangollo o el pisto que tal vez algún día pueda hacer. Me emociona ser tan feliz.
─¡Pero si solo es una pipa con un mini-tallo verde!
─Ay, qué poca sensibilidad hay por el mundo...

Y las lechugas van tomando cuerpo

lunes, 26 de marzo de 2012

Soy una pálida extaterrestre

E.T., mi familiar directo
 
─¡Estás muy pálida! Ay, nena, que temo que dé una lipotimia. Venga, siéntate... ─Fifí mostró una preocupación real al ver mi mala cara─ ¿Qué te ha sucedido?, ¿estás mareada?
Negué con la cabeza y callé. ¡Cómo explicarle que mi palidez era producto de mi empatía con los cactus! ¡Cómo decirle que mi semillero de cactus se estaba estropeando y que el color verde se estaba transformando en blanco! ¡Cómo contarle mis penas semilleras! Los cactus, blancos; las petunias sin nacer y el brote que creí que era de un calabacín resulta que es de una caléndula.
Sí, estoy blanca como mis cactus. ¿Acaso seré familiar directo de E.T., el fantástico extraterrestre de Steven Spielberg que palidecía y enfermaba como la flor?, ¿seré una alienígena?... Demasiadas dudas para una maceto-huertana extraterrestre de iniciación. "¡Mi cactus, mi cactus!", musito levantando el dedo hacia el semillero.

¿Por qué están blancos mis cactus?

viernes, 23 de marzo de 2012

Un brote de caprichos

Hay mañanas que ante una minúscula visión verde la tostada se te atraganta, no porque esté mala sino de la emoción. Días en que los caprichos del destino te regalan un momento de felicidad y se pega a la cara una sonrisa de satisfacción. ¡Las semillas de las caléndulas y las lechugas han brotado y no sé cómo contener tanta alegría! Si es que hasta voy a llorar...

Los brotes de las caléndulas

Los brotes de las lechugas

jueves, 22 de marzo de 2012

Semilleros para el maceto-huerto

Carteles de diseño
Este año quiero empezar de cero mi maceto-huerto y mi jardín. He comprado semillas de lechuga, pimientos de padrón, calabacines, zanahorias, perejil, caléndulas y petunias. Por supuesto, para que sean los semilleros más glamurosos del barrio he diseñado unos carteles "monisísimos" ─es lo que gritó Fifí al verlos─ y los he instalado en una estantería-invernadero para ver su evolución y protegerlos si descienden mucho las temperaturas.
Los nervios me aprisionan el estómago: ¿nacerá algún brote?, ¿lograré que este año el calabacín crezca y no se quede en un calabacín-bonsai?, ¿picarán los pimientos de padrón?... Nervios, muchos nervios.

En mis semilleros hay lechugas, calabacines, petunias...
Caléndulas, petunias... Las flores de mis semilleros

jueves, 15 de marzo de 2012

¡Capullos!


Un capullo de alegría

─¡Un capullo, dos, tres...!─exclamé con mi histeria matutina.
Mis desperdicios alérgicos (mocos, legañas...) se cayeron del susto y mi marido acudió veloz al jardín.
─¿Qué sucede?, ¿ha entrado algún ladrón?, ¿llamo a la policía?, ¿por dónde se han colado los capullos?...
─Cielo, relájate que te va a dar un paro cardíaco... No ocurre nada, solo que del lilo, la alegría y el cactus que me regaló Pepelu han brotado sus capullos y me he emocionado.
─¡Estás muy mal! ─me gritó con la ira inyectada en sus ojos ─No sé qué te ocurre, pero cada día me preocupas más...
Le miré mientras se iba con sus grandes zancadas y su malhumor a desayunar a la cocina. Observé mis capullos, sonreí ante la belleza y me entristecí al comprobar que casi nadie entiende ni valora los pequeños regalos que nos brinda la Naturaleza.

El lilo brota en primavera

El cactus de Pepelu promete flores


lunes, 12 de marzo de 2012

La flor del cactus de la Navidad

La flor de la Schlumbergera truncatus

En febrero-marzo, los meses que mi cuerpo sufre con resignación los estragos alérgicos, opto por andar por casa  como una cegata hasta que mi ser se reconstruye: retiro las legañas que aprisionan mis pestañas, me sueno como si fuera un elefante en mitad de la sabana intentando espantar a un leopardo, me lavo la cara para eliminar la babilla seca que al dormir se ha aposentado en las comisuras de mis labios y estornudo con tal potencia que despierto a cualquier pajarillo que dormite en el jardín. Después de desayunar mi arsenal anti-alérgico me pongo las gafas y enfoco la vida.
Esta mañana el cactus de Navidad que me regaló una "estrella en la tierra"  ha amanecido con sus flores abiertas: una explosión de magenta, alegría e ilusión que ha logrado que por un instante mis males alérgicos se bloquearan con mi gran sonrisa. ¡Mil gracias!

El cactus de Navidad


martes, 6 de marzo de 2012

Naranja calabaza. El color de moda

La cueva naranja de la calabaza

Frenazo, portazo, el roce de varias bolsas... Sí, Fifí estaba a punto de llamar a la puerta.
─¡¡Hola!! ─gritó antes de pegar su dedo índice durante más de un minuto en el timbre.
Abrí con dolor de oídos. Fifí entró con su paso firme, su silicona bien posicionada y embutida en un traje de cuero naranja.
─Nena, ¿por qué me miras así?
─Ejque me haj sorgprendigo tuj trajje. Muj cantojso.
─¿Pero en qué idioma me hablas? No te entiendo. ¿Qué te ocurre?
─Alergia.
─¿En estas fechas?
─Ung momengto ─corrí al baño, me disparé el spray de la nariz para diluir mi rinitis, un chute de ventolín y un poco de colirio en los ojos─. En esta época florecen las acacias y me matan.
─¿Y cuáles son las acacias? Ay, nena, que yo de plantas y esas tonterías que te gustan a ti no sé nada.
─Las mimosas, esos árboles que ahora lucen sus flores amarillas o blancas.
─Ah, ya sé cuáles son, lo que aprendo contigo. Bueno, qué me dices de mi traje, ¿te gusta?
─Es muy chillón.
─Nena, qué hortera eres, este año el color de moda es el naranja y ya sabes que yo siempre voy a la última.
─Y yo.
─¿Que tú vas a la moda? Venga ya, si siempre vistes con trapillos.
─Pero estoy haciendo una crema de calabaza para chuparse los dedos.
─¿Y qué tiene que ver eso con la moda?
─Que la calabaza es naranja, el color de moda.
─¡Qué tonta eres! No sé cómo te aguanto.
─Calla, Fifí, que el mérito es mío.




lunes, 27 de febrero de 2012

Amor platónico en el jardín

Mi cactus corazón
─¿Quién te ha regalado ese cactus con forma de corazón? Nena, no me asustes, ¿tienes un amante?... Bueno, cuenta: ¿quién es él?, ¿a qué dedica el tiempo libre?, ¿es un ladrón?... Aunque conociéndote seguro que ha sido tu marido. Cielo, que eres muy rollo y nunca cuentas nada emocionante... ─Fifí, siguió con su monólogo durante varios minutos hasta que su grito me sacó de mis ensoñaciones─ ¡¡¡¿Quién ha sido?!!! Contesta, por Dios.
─Me lo he autorregulado. ─mentí.
─Sosa, que eres una sosa.
Tuve que mentir porque la verdad habría desencadenado un escándalo en el barrio que habito: una urbanización que destila cinismo, envidia e hipocresía. Fifí habría vociferado con voz crepitante y, aunque jurara que no se lo iba a contar a nadie (¡ni a la Lomana!), con el tiempo y con varios whisky de más, se lo relataría a alguna mega-pija que lo transmitiría vía washapp a todos sus contactos.
Sucedió una mañana de febrero, Franklin Garden, mi gran amigo jardinero, se presentó en casa para arreglar las fisuras que se habían producido en las tuberías del riego automático por las bajas temperaturas. Como siempre, le invité a un té y le relaté mi sufrimiento con el aloe.
─Si no le molesta...
─Ay, Franklin, háblame de tú, que entre nosotros hay confianza.
─Lo intentaré. Le he traído un regalo para su jardín, un detalle que espero que no la moleste.
En ese momento, en el leve cruce de miradas que hubo entre nosotros, noté el peligro. No sé explicar lo que percibí, o sí: ese amor o pasión que toda mujer detecta y del que debe huir si no desea precipitarse por el barranco.
─Me pareció que era perfecto para su colección de cactus.
La forma de corazón de la hoja, la maceta roja color pasión... ¡Una maravilla!
─Franklin, es precioso, va a ser la envidia del resto de las plantas.
─Me alegra que le haya gustado. Ahora debo irme, me esperan en el vivero.
─Hasta otro día, Franklin, y mil gracias, de corazón.
Después de varios días con dudas de mujer he comprendido que él no está enamorado de mí, que fueron imaginaciones mías, que solo quería darme un presente, que entre él y yo únicamente existe una bonita amistad, que debo controlar mi mente enamoradiza que se perturba con una tierna mirada y monta películas donde solo hay cariño. ¿Tendré razón? 

domingo, 19 de febrero de 2012

Primer brote del año


El frío ha congelado varias de mis plantas: el aloe, el amor de hombre, el hibiscus... Sin embargo, esta mañana he descubierto un nuevo brote, el inicio de una flor en uno de mis cactus. Un regalo de Naturaleza que me ha emocionado y me ha arrancado una sonrisa de ilusión. ¿Será una señal?, ¿mejorará mi situación? Cuántas dudas y cuánta belleza.

viernes, 3 de febrero de 2012

Amor congelado. Infidelidad a la vista

Cactus en invierno

Observo con disimulo cómo actúa, qué hace, con quién va, a quién llama... Siempre he creído que la Naturaleza nos indica nuestro posible futuro con pequeñas señales imperceptibles para casi todo el mundo. Y esta vez las señales eran muy claras y certeras. 
No aguantaba más, la intriga me reconcomía el alma y no pude callar.
─Fifí, creo que mi marido me engaña ─confesé con el corazón encogido.
Ella empezó a pestañear a tal velocidad que pensé que su rímel iba a salir disparado como perdigones. 
─¡No me lo puedo creer! ─gritó entre pestañeó y pestañeó─ ¿Qué has descubierto?, ¿le has pillado algún mensaje en el móvil?, ¿ha modificado su conducta?... Hija, lo siento mucho, pero cuéntame todo con detalle y no olvides nada en el tintero.
De pronto fui consciente de que todo había sido producto de mi mente calenturienta y supe que Fifí jamás me iba a comprender.
─Verás, Fifí, antes de que comenzara el frío siberiano coloqué los cactus dentro de casa para que no se congelaran.
─¿Pero qué me estás contando? Deja tus puñeteras plantas y háblame de la amante de tu marido.
─Bueno, no es seguro que tenga amante, pero esta mañana al salir al jardín he visto que estaba congelado.
─¿Tu marido?
─No, el amor.
─Nena, me estás volviendo loca. ¿Tu amor, su amor?
─¡El amor de hombre!
─¿De qué me hablas?
─La planta de mi jardín, el amor de hombre. No lo cubrí y se ha congelado. Ay, eso es una señal, seguro que mi marido me es infiel.
Miré a Fifí y temí que volara con tanto pestañeo, sus mofletes empezaron a sonrojarse, sus gritos rebotaron por todo el salón e hicieron vibrar sus tetas y labios siliconados.
─¡Coño! Me quieres decir que crees que tu marido te es infiel porque se te ha congelado una planta. Nena, estás fatal, háztelo mirar, aunque creo que tu caso ya no tiene solución.
Se levantó bruscamente, se equilibró sobre sus tacones de aguja y salió de casa dando un portazo. 
No sé, tal vez he exagerado, pero me siento muy mal: se ha congelado el amor de hombre, mi hombre no sé si me es infiel, mi amiga me grita y nadie me entiende.

El amor de hombre, congelado

En primavera, el amor de hombre en su plenitud




jueves, 26 de enero de 2012

¡Una cucaracha!


¡No puedo controlar mi miedo! Ella mueve sus antenas y me domina... Ay, por favor, que alguien venga y aniquile esa negra, gorda y asquerosa cucaracha. Lo sé, he perdido mil puntos como horticultora de iniciación, pero cada persona tiene sus fobias y la mía se llama: ¡cucaracha! No puedo, no puedo, no puedo... ¡¡Argg!! 

Historias para no dormir:
-Una repulsiva cucaracha puede vivir semanas sin cabeza. Al final fallece por inanición, no por estar decapitada.
-La cucaracha sería la única especie que sobreviviría tras una explosión nuclear.

lunes, 16 de enero de 2012

La desnuda flor de pascua


La flor de Pascua 2011/12

La Navidad se escapa por las rendijas de las ventanas, los adornos se acurrucan de nuevo en sus cajas, las luces de los jardines se apagan y en mi salón solo queda un pequeño vestigio navideño: la flor de pascua que me regaló, fiel a su costumbre anual, un gran amor. Sus hojas rojas resisten los embistes del invierno, aunque poco a poco caen y desnudan sin pudor a la bella y ahora triste planta. Un frío esqueleto verde sobre una lánguida maceta. 

martes, 10 de enero de 2012

El brunch y el madroño

Mi madroño

En mi barrio la Navidad no termina hasta el siete de enero. Día en que Fifí celebra su copioso "brunch" para deleitar a todas sus amigas. Más que a comer la gente acude para presumir de los regalos que les han traído los Reyes Magos. Los últimos años he podido escaquearme alegando motivos varios, pero esta vez, después de su invitación a París tuve que acudir.
Nada más llegar con mis vaqueros y mi gran jersey supe que desentonaba. Todas sus amigas iban engalanadas con sus joyas, tacones, ropa de marca... Fifí al verme me fulminó con la mirada. Elevé mis hombros solicitando perdón.
─¡Pero cómo me iba a imaginar que a las doce de la mañana había que venir tan arreglada! ─Alegué en mi defensa.
Fifí arrugó sus morros siliconados.
─¡Chicas, mirad qué reloj de oro tan divino me han traído! ─gritó Maca.
─A mí, un BMW coupé y un Ipad2 ─exclamó una pelirroja con rizos alocados mientras se zampaba otro canapé de caviar.
─Y qué me decís de este abrigo de visón de Elena Benarroch...
Me quedé como siempre, ojiplática. Al cabo de un rato, alguien se percató de mi presencia.
─¿Y a ti qué te han regalado? 
Todas las miradas se centraron en mí. Sonreí al recordar mi gran regalo.
─¡Un precioso madroño! ─vociferé llena de emoción.
─Pues esa marca no me suena de nada... ─suspiró Rebeca.
Sin entender el poder de sincronización, vi como todas tecleaban en sus smartphones para saber qué fabricaba la marca "Madroño". ¿Bolsos, zapatos, joyas, pashminas? Además de mi mirada ojiplática, sentí como el párpado empezaba a abrise y cerrarse al estilo "Encarna, ¿dónde están las empanadillas?"
─Ay, nena, aquí pone que es un arbusto de hoja perenne... 
─¡Sí! ─grité─ Es una planta preciosa, característica de Madrid. Sus frutos son dulces, rojos... Muy bellos.
─¡Ay, claro, el oso y el madroño! ─creí entender a la pelirroja que de nuevo tenía un canapé en su mandíbula ─ Y además de esa tontería, ¿qué más te han regalado?
Antes de contestar, Fifí tocó desesperada una campanilla:
─¡Vamos, chicas, es hora de brindar por el fin de las Navidades! ─noté cómo su mirada me suplicaba que callará, que no le estropeará su "brunch" por un maldito arbolito... Y por una vez, callé y omití unas cuantas rimas del madroño.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Una extraña pareja en París

Les belles gardenias

Somos una extraña pareja en París. La unión imposible del agua y el aceite. Fifí viste de Dior, calza unos peep toe y luce con elegancia su última adquisición, un bolso de Louis Vuitton. Mi imagen no tiene glamour: vaqueros, un jersey de lana enorme, mis amadas zapatillas de deporte y un pequeño bolso marca Nisu ("Ni su padre lo conoce") cruzado sobre mi pecho.
─Ay, nena, me ha dejado rota mi paseo por Fourbourg-Saint-Honoré. ─se queja Fifí mientras sopla levemente sobre el humeante café au lait de su taza─ ¡Qué locura de mañana! ¡No he parado de comprar! No sé por qué no has querido venir conmigo.
─Prefería pasear que ir de compras.
─Eres tan rara como mi segundo ex. Todo el día caminando sin rumbo fijo por las ciudades...
─Me he perdido por el mercado de las flores y los mercadillos de Navidad. ¡Me hubiera llevado todas las plantas para mi jardín!
─Querida, lo tuyo con las flores es un poco obsesivo. No sé cómo se me ocurrió invitar a la ciudad más glamurosa del mundo mundial a una hortelana.
─Sabes que me ha encantado tu súper regalo. Hacía tanto que no venía...
─Ya, ya, pero el año que viene en vez de pagarte un súper viaje te comparé un tractor.
Sonreí por nuestra extraña amistad, por ser tan distintas y, sobre todo, por su regalo: ¡cuatro días las dos solas en París!

¡Ay, que cajitas de bulbos!

 Los escaparates están plagados de motivos navideños

martes, 1 de noviembre de 2011

Noviembre florido

Octubre se despidió con la bella y efímera flor del hibiscus. La última noche del mes, la noche de todos los muertos, los murciélagos, fantasmas y brujas invadieron el jardín. La negritud dejó paso a la belleza. Esta mañana se desperezaba una blanca gardenia y saludaba con sus pétalos a su amiga alegría y a las pequeñas flores de la guindilla. Mi jardín, mi rincón secreto, baila bajo los colores de la primavera  ¿Seguro que estamos en otoño? 

Mi regalo de noviembre, la flor de la gardenia

La alegría del jardín

Las picantes guindillas muestran su bella flor

lunes, 10 de octubre de 2011

Unos cuernos, varios cactus y unas risas


Mi montaje con los cactus de Pepelu.


Los cambios de estación siempre me producen apatía. Me alejo aún más de la gente y cancelo todas mis citas para recluirme en mis silencios, mis libros y, por supuesto, mis plantas. Esta mañana estaba feliz. Mi amigo Pepelu me había mandado vía UPS dos cactus: uno asturiano y otro de su madre que vive en Madrid. Mi mente no paraba de pensar cómo hacer un centro desértico que aunara todas las plantas. Por fin, tuve las ideas claras y empecé a trabajar.
Al cabo de media hora, Fifí entró en casa gritando y con el móvil pegado a la oreja.
-¡¡¡Noooo!!!... ¿Seguro que es ella?.... Dios mío, me he quedado petrificada... Sí, sí, llámame si te enteras de algo.... ¡Qué escándalo!
Colgó descompuesta y me miró con los ojos desorbitados.
─¿Te has enterado del último romance de este verano? No, seguro que no... Bueno, te daré una pista... Ja, ja... Pista, pelota, pala... Increíble.
Sonreí al estilo Gioconda.
─Fifí, me lo has puesto muy fácil: Rocío se ha liado con Damián, el profesor de pádel.
─¡¡¡Ahhhhh!!! ¿Tú lo sabías?, ¿cómo no me lo has dicho? Ay, que me he tenido que enterar por Maca...
─No lo sabía, pero estaba segura que algún día ocurriría.
─Ay, tus poderes de bruja maléfica me sacan de quicio.
─Más bien mis poderes de detective.
─¿Cómo lo has descubierto?
─Lo percibí el primer día que acudimos a clase. Tú eres muy presumida, pero no se te ocurre ir a hacer deporte con la cara pintada.
─No, menuda horterada.
─Sin embargo Rocío ha ido todos los días con dos kilos de maquillaje para tapar las marcas de su acné juvenil, rímel, raya en los ojos y pintalabios. ¿Por qué? Está claro, quería seducir al profesor. ¿Acaso no te diste cuenta de cómo le tiraba los tejos y movía el trasero detrás de las bolas?
Las carcajadas de Fifí me hicieron reír.
─Ay, nena, qué lista eres... Uf, pobre Rocío, es la comidilla del Club Deportivo y como se entere su marido de que sus cuernos son más grandes que los del padre de Bambi le corta el grifo. Oye, qué bonito es lo que estás haciendo con esas flores.
─Son cactus.
─Bueno, lo que sea.
─Toma Fifí, este centro es para ti.
─¿En serio? Es súper ideal. ─Me abrazó con fuerza y me plantó dos de sus besos que dejan carmín en las mejillas smuak, smuak─ ¡Mil gracias! Ay, aunque seas tan fría y arisca hay momento en que me emocionas...
─Anda, no seas melodramática.
─Como diría Melendi, eres tan dura como la piedra de mi mechero... Venga, ahora cámbiate que no llegamos a nuestra primera clase de la temporada de pádel. ¡Qué nervios! ¿Seguirá Damián o tendremos profe nuevo?
─No lo sé, pero quítate ese carmín de los labios que parece que le quieres quitar el amante a Rocío.
─Eres malvada...


Fifí se merece esto y más




lunes, 3 de octubre de 2011

La belleza efímera del hibiscus. El vacío del acebo

La flor del hibiscus o flor del día


Mi monótona vida seguía en calma hasta que escuché el pitido sucesivo, persistente y estrepitoso de un coche. Sí, era mi amiga Fifí con su mano pegada al claxon de su Porsche. Llegó hace pocos días de Sancti Petri ─como toda rica que se precie y destile glamour sus vacaciones abarcan casi dos meses y, por supuesto, jamás viaja a principios o mediados de mes─. 
No pude evitar sonreír al verla. En el fondo echaba de menos sus gritos, su manera de gesticular y su forma de relatarme los últimos cotilleos de los famosillos del papel couché. Salí al jardín, me acerqué hacia la puerta y...
─¿Qué te ocurre? ¿Estás pálida? Respira, alma de cántaro, que te vas a desmayar. ¡¡¡Respira!!!
Escuchaba los gritos de Fifí pero mi cuerpo no reaccionaba, estaba paralizada como si mis huesos se hubieran convertido en acero y bloquearan todos mis músculos
¡¡Plaf, plaf!!
Fifí abofeteó mis mejillas y un suspiro se escapó entre mis labios.
─Tranquila, nena, respira con calma... Venga, despacito para que no te dé un ataque de ansiedad. Relájate...
Apoyé mi espalda contra la pared y me dejé deslizar hasta el suelo. Fifí me abanicaba con la revista del corazón que acababa de comprar y soplaba sobre mi nuca. 
─Ya ha pasado, respira, respira... 
Su voz chillona se dulcificó. Sacó precipitadamente el ventolín de mi bolsillo y me obligó a dar una cuantas aspiraciones. Sentí que el aire invadía mis pulmones y mi cuerpo reaccionaba ante la dosis de oxígeno. Fifí me miraba asustada, temía que me diera un paro cardíaco como le ocurrió a su único y gran amor y me perdiera para siempre. 
─Ya estoy bien, Fifí, perdona por el susto que te he dado.
─¿Pero qué te ha ocurrido?
─Mira el jardín.
Observó de un lado a otro y no vio nada que le llamara la atención. Ella no se percataba nunca de los pequeños detalles.
─Me han robado el acebo.
─¿El qué?
─El arbusto que estaba en la entrada del jardín.
Los ojos de Fifí giraron como los de Marujita Díaz, atónitos y desorbitados.
─¡Que me has dado un susto de muerte porque te ha desaparecido una plantita! Yo por más que lo intento no te entiendo, eres más rara que Belén Esteban. Vamos, por Dios bendito, si seguro que te lo ha robado el jardinero...
─No, Fifí, Franklin Garden es incapaz. Por él pongo la mano en el fuego.
─Pero tú de qué le conoces. ¡Si ni siquiera cuida tu jardín! Eres una ingenua.
La miré con odio y callé. No pensaba decirle que él había estado pendiente de mí todo el verano, que me había aconsejado sobre cómo sanar mis aloes, que confiaba en él. No, jamás le desvelaría mis secretos, jamás le hablaría de mi relación con Franklin o Margarita. Ella no lo entendería y sufriría un ataque de celos porque, en el fondo, solo me tiene a mí. Sé su pasado y, aunque me cueste decirlo, la quiero, quiero a la pequeña Fifí que tiene aprisionada en algún lugar de su corazón, a la Fifí que tanto se parecía a mí y que hace tiempo que desapareció.
Hay veces que la miro y me recuerda a la flor de hibiscus o "flor de un día" porque su belleza efímera solo dura veinticuatro horas y hay que estar muy pendiente de que no se escape ese momento.
Volví a mi ser y callé frente a ella mi dolor, mi ira, mi rabia. La había echado de menos, pero ahora deseaba que se fuera y llamar a Franklin y Margarita para compartir mi dolor por el robo de mi acebo. Ellos sí que me iban a entender. Mi marido y mi amiga, no.


Amor de hombre (Trasdencantia), como el que tuvo Fifí



viernes, 9 de septiembre de 2011

¡Menudo marrón con el aloe!



En la maceta de aloe vera que me regaló Margarita, la secretaria de mi marido, brotaban cientos de esquejes. Emocionada, tomé mis guantes, maceteros, tierra... y los trasplanté para que crecieran y así dedicar un espacio del jardín a plantas medicinales ("Súper fashion", que diría mi amiga Fifí). Feliz con mi idea coloqué las plantas al sol para que creyeran que estaban en Lanzarote y se pusieran más lustrosas. Sin embargo, mi lógica de hortícola de iniciación fracasó. Al día siguiente las aloes se tornaron marrones y perdieron su verdor original. Grité asustada, sin entender cómo en cuestión de horas había masacrado y herido a mis plantas. Rápidamente contacté con mis amigos hortícolas virtuales que me aconsejaron qué debía hacer y llamé a Franklin Garden desesperada para contarle mi desgracia.
─Ay, Franklin, que las aloes se han puesto marrones, están horrorosas y no sé qué hacer. Por favor, ayúdame.
Al cabo de una hora apareció por casa, inspeccionó mi cultivo y empezó a interrogarme:
─¿Por qué las ha puesto al sol?
─Por lógica, estas plantas siempre las he visto en terrenos desérticos y llenos de luz. Supuse que era lo mejor para ellas.
─Se equivoca. ¿Las ha regado?
─Hace dos días. Creo que no necesitan mucha agua.
─Se equivoca. El aloe es una planta de sol, pero hay que tener en cuenta la humedad del ambiente. En Madrid el verano es criminal y el sol pega con todas sus fuerzas. Si desea recuperar sus aloes, póngalas a la sombra o en una zona sol y sombra, riéguelas cada dos días y tal vez, con un poco de suerte, pueda normalizarlas y recuperarlas.
Asentí como cuando era niña y me regañaban por un suspenso. Entre balbuceos intenté explicarle que no lo había hecho con mala intención, que creí que era lo mejor para ellas, pero un nudo en la garganta me impidió expresarme. 
─De todas formas, si no logra recuperarlas le traeré otros esquejes.
─Gracias, Franklin, pero yo quiero salvar las mías. Me las regaló una amiga y les tengo cariño.
La terapia "aloevérica" parece que va funcionando y percibo leves tonos verdes en sus hojas. Mientras, para crear un entorno más agradable para ellas he comprado algunos cactus. Eso sí, los tengo a la sombra. Ay, cuánto estrés me producen mis plantas.







sábado, 13 de agosto de 2011

Margarita, higos y aloe vera

Mi regalo personal

Mis manos están destrozadas y las uñas han perdido su belleza. El cloro y los productos algicidas de la piscina, la tierra del jardín y los venenos contra los invasores han generado auténticos cráteres en mi piel que por más que hidrato no logro curar. Barruntaba si comprar o no una crema con corticoides en la farmacia cuando sonó el timbre de la puerta. "¿Quién será?", me pregunté extrañada. Mi grupo de conocidos estaba de vacaciones y Franklin Garden, mi amigo jardinero, ya había venido a visitarme por la mañana.
─Sí, ¿quién es? 
─Hola, soy Margarita.
Entonces me acordé. El día anterior mi marido me llamó (sigue un poco enfurruñado por no haber ido con él a ese pueblo gallego que no recuerdo el nombre) para decirme que su secretaria, Margarita, vendría por casa para dejarme un sobre muy importante; que lo dejara en su despacho y que no lo perdiera. "Según te lo dé lo llevas a mi escritorio, que tú eres muy despistada y eres capaz de usarlo como bandeja para mezclar el veneno de tus caracoles", me dijo tal cual. Por supuesto, le colgué sin despedirme y molesta por conocerme tan bien.
─¡Hola, Margarita! Te estaba esperando ─mentí para que no diera a mi marido más argumentos en mi contra─. Pasa, pasa.
Margarita es una mujer que ronda los cincuenta años y con una belleza indefinida que no se adapta a los cánones habituales: exceso de peso, pecas en la cara, gafas, un diente mellado... Sin embargo, destila un encanto imposible de lograr con silicona y demás tratamientos estéticos. Su humor y su sonrisa enamoran a cualquiera. O por lo menos a mí. Siempre me ha fascinado su carácter alegre y vivaracho, pese a los envites que le ha dado la vida: enviudó muy joven, no pudo tener hijos; invirtió sus ahorros en una compra de sellos, una auténtica estafa, y perdió casi todo su capital... Pese a todo, la sonrisa no se separa de ella.
Me entregó el sobre tan "importante" e intentó irse para no molestarme.
─No eres ninguna molestia, Margarita. Al contrario, ahora mismo no estaba haciendo nada. ¿Te quedas a tomar un té?
Tuve que insistir un buen rato, pero al final se quedó. Nunca había hablado mucho con ella, salvo en alguna cena de Navidad o presentación de mi marido. La ocasión me parecía perfecta para conocer a la mujer que compartía tanto tiempo con mi marido. No por celos, que no soy nada celosa, sino por ver cómo era, qué inquietudes tenía, qué le gustaba.
Al salir al jardín y ver mis plantas no pudo contener su emoción.
─¡Qué maravilla de lugar! ¡Qué plantas tan bonitas! ¡Ay, pero si también tienes un pequeño huerto!
La tarde se esfumó con nuestras conversaciones sobre flores, semillas, plantas aromáticas... 
Le mostré mis manos y le comenté que no sabía qué hacer.
─Si no te importa, me gustaría venir mañana y te traigo un aloe vera, fantástica planta medicinal, que sanará tu mano.
Al día siguiente Margarita cumplió con su palabra: me regaló una maceta plagada de aloe vera y una caja de higos enormes de su higuera porque, aunque aún no lo había desvelado, ella también tiene un huerto, ¡pero de los buenos!
Para agradecerle su detalle, le entregué un pequeño obsequio hecho desde el corazón: un cactus (¡qué triste queda así escrito!). Ahora tengo higos, Aloe vera y, lo mejor, una gran amiga, aunque a mi marido y a Fifí no sé qué tal les sentará. Por cierto, ¿dónde dejé el sobre?

Los higos de la higuera de Margarita

El regalo de Margarita, su Aloe Vera